Esto va de J.S. Bach
Esto va de J.S. Bach
y es también muy bonito
Mi segundo trabajo de Introducción a la Historia, en noviembre de 2022. Estrictamente musical, me pedía lo imposible: argumentar lo inefable, razonar una elección más emocional que razonable. No supe hacerlo y junto a una buena calificación por el conjunto, recibí mi coscorrón: “Excelente. Aunque no entra en el dilema nada más que desde el gusto personal”. El tal dilema se expone en las primeras líneas. En el resto me esfuerzo en hacer tácito mi razonamiento, con pinceladas de la obra tratada y de la situación personal, social y circunstancial que la envolvía. No convencí de que mi conclusión dimanara de todo ello. Creo que os gustará y que aprenderéis, como yo al escribirlo. Veréis en una frase un guiño bien reconocible nexo y enlace con mi primer trabajo (ver entrada de 28 enero "Empezando por lo fácil"). Y fijaros en la firma en la carátula.
Agnus dei
qui tollis peccata mundi
(Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo
In nomine Jesu
(En nombre de Jesús)
Cantata 198. SDG (Soli Deo Gloria)
SDG
(Soli Deo Gloria)
(solo para la gloria de Dios)
J.S.BACH
Decidimos hoy cuál de dos representaciones actuales de una obra de música coral de hace trescientos años, se ajusta más a la “auténtica”, a la representación original de aquella obra: Ton Koopman dirige una interpretación convencional ( https://www.youtube.com/watch?v=oPM-vY07jIo). El bailarín y coreógrafo John Neumeier, utilizando la obra como motivo y fondo musical, protagoniza uno de los ballets narrativos que le han hecho famoso ( https://www.youtube.com/watch?v=4YzABkNBf5M&t=1437s).
La obra elegida es una de las bastante más de mil que compuso un aplicado organista encargado de musicar los cánticos en una de las muchas iglesias de una de las muchas ciudades de la Alemania del siglo XVIII. No parecía haber persona más apropiada para el cargo: virtuoso del órgano y de otros instrumentos, le encantaba su oficio, y ese puesto, además, le daba la oportunidad de cumplir el mayor anhelo de su vida: ensalzar la gloria de Dios. Repito: ensalzar la gloria de Dios. Profundamente religioso, decía: Todo lo que hago y, desde luego, todo lo que compongo es para ensalzar la gloria de Dios. “In nomine Jesu” (en nombre de Jesús) era la advocación de toda su música y “Soli Deo Gloria” (solo para la gloria de Dios) una segunda firma de sus partituras. No lo entendemos hoy. Pero esforcémonos, porque cada “versión auténtica” de sus obras estaba impregnada de ese anhelo que esparcía la punta de su batuta. El caso es que, a costa de talento y de trabajo, nuestro autor se labró entre sus vecinos una buenísima reputación e incluso tuvo algún ramalazo pasajero de gran fama. Murió, lo enterraron y su viuda y sus hijos atesoraron su recuerdo que al paso de los años se fue borrando como se ha ido borrando el de cada uno de nuestros bisabuelos. Citado como autoridad en los tratados de composición musical de su siglo, materia de estudiosos, solo en su antigua iglesia de Santo Tomás y aún en la ciudad se le recordaba algo más. Incluso de vez en cuando algún gran músico visitaba la iglesia evocándole. Mucho se comentó la visita de un Mozart de ya 33 años que evocó los gratos recuerdos de su aprendizaje de fuga y contrapunto en las obras del maestro y que aquel día se llevó de allí el gran regalo del descubrimiento de su música coral: -"Pero ¡qué es esto!-, saltó como un resorte a los primeros compases de un motete, pidiendo entusiasmado las partituras, que estudió largo rato. Pero, bah, eso eran relámpagos; porque aquellas partituras, conservadas primero con apego por sus hijos, acumularon polvo día a día y se unieron en casa de sus nietos al montón de cacharros inservibles que sobran en el desván. Muchas se perdieron como papel de envolver o encendieron la lumbre de sus cocinas. Pasaban los años sobre su tumba, 60, 70, casi 80 años y, milagrosamente, una de aquellas más de mil semillas acertó a germinar en suelo fértil, taponando por fin el sumidero por el que goteaba hacia el olvido. Y es que un Mendelssohn de 20 años desempolvó nuestra obra de hoy y la presentó al mundo envuelta en el halo de su propia fama en ascenso. Y el dedo de la diosa Fortuna tocó a todos nosotros ese día en que el mundo entero experimentó el mismo asombro que había despertado a Mozart, con el portento de genio y de belleza escondido en las obras de aquel desconocido Johann Sebastian Bach.
Y, bien mirado, ¿Cuál fue la “versión auténtica”? ¿La primera, que cayó como aquel árbol en el bosque desierto con que los filósofos dilucidan si hay o no ruido sin oídos que lo perciban, o esta otra que atronó el orbe? Nuestro guion dice “la original” y soslaya el dilema. Imaginémosla:
Nuestra obra, La Pasión según San Mateo, de casi 3 horas, sin quitarle importancia, no era lo principal del acto de su estreno, sino una parte más que debía servir como telonero de la solemne celebración del Viernes Santo en aquella iglesia luterana, seria, grave, solemne y sinceramente devota a nuestro Señor Jesucristo. Tradicionalmente, la celebración daba suelta en una larguísima sesión a toda la tensión espiritual acumulada a lo largo de la Semana Santa. Todo el oficio religioso pivotaba sobre el gran sermón central, al que debía preceder la primera parte del relato evangélico de la Pasión debidamente musicado. La segunda parte del evangelio, la más trágica, se cantaba después del sermón central. El rito religioso se celebraba ante los fieles, mientras músicos, solistas y coros se afanaban en las galerías del alto coro a cubierto de las miradas y alcanzando solo los oídos de los fieles. El grandioso esquema se repetía ese día en todas las iglesias, cada una con su música, con pocas variaciones y Bach, responsable de una de las más importantes, debía estar atento a que el de aquel año no quedara deslucido por su culpa. Creemos que lo logró, pues no constan reprimendas, como las de otras ocasiones; tampoco comentarios elogiosos, y la obra no se reutilizó, como otras, en años sucesivos o en otras iglesias y solo constan otra o quizás dos representaciones más, sin más relieve, en los 23 años hasta su muerte.
La norma exigía a Bach seguir el relato evangélico literal y completo, no había licencias con el texto sagrado, pero luego Bach podía glosarlo, comentarlo y adornarlo con otros coros y arias alusivos. El relato es, desde luego, tremebundo. Recuerdo mis primeras impresiones infantiles, primero de boca de mis maestros y pronto de su lectura literal en los tétricos Oficios de Viernes Santo, y mi atención sin pestañeos a aquella entretenidísima sucesión de aventuras de película que me sumergía en el mundo de los mayores; ya desde el frio anuncio de Jesús de su próxima crucifixión; y que tú me traicionarás y tú me negarás, dicho a la cara; de la angustia tan mortal que suda sangre en la absoluta soledad del Getsemaní, rodeado de la indiferencia de los suyos; de beso de judas; de juicios amañados; del arrepentimiento de 30 monedas sin otra redención posible que la horca; del consuelo de otras traiciones menores que, ¡ay! gracias a Dios, se pueden redimir llorando amargamente; de condenas injustas con lavado de manos del abajo firmante; de suplicio, desprecio y escupitajo, sin conmiseración; del conmovedor ecce homo que a nadie apiada y hasta te cambian ¡por Barrabás!; de que hacia el Gólgota además cargues con tu cruz sin que puedas con ella; y de crucifixión y muerte que atravesaba nuestro corazón acongojado, con el terremoto del velo rasgado que nos hacía preguntarnos cómo no cayeron entonces de rodillas, conversos, todos aquellos; y, finalmente, la relajación final del santo entierro. Hoy, adultos, cuando la vida ya nos ha enseñado que todos y cada uno de esos episodios no los vemos solo en las películas, esa lectura nos dice mucho más. Pero Bach -In nomine Jesu- antes de contarnos el relato dirige nuestras almas al punto exacto desde el que quiere que lo contemplemos. Y lo marca precisamente en este primer coro que hoy nos mandan juzgar, que quiere dar sentido a todo lo que vamos a escuchar, trascender la aventura para conectarla directamente con el alma y la conciencia de cada uno: Llorad conmigo -nos dice- viendo cómo, para lavar nuestros pecados -¡los nuestros!-, el que nos ama camina voluntariamente, manso como un cordero, a este tormento que ahora os voy a contar”. El agnus Dei qui tollis peccata mundi a costa de avanzar mansamente por amor a nosotros, sabiendo qué le espera y pagando gustosamente el precio. Y tras esta puntualización, Bach inicia el relato y a cada paso nos subraya, explica o interpreta cada pasaje con bellísimas arias y coros que canalizan la emoción de cada momento para mantenernos -soli Deo gloria- en el estrecho camino en que no perdemos de vista la enseñanza principal: el imperturbable y manso caminar de ese cordero.
Cualquiera de las versiones que siguen la partitura no solo nos inunda, nos desborda con su conmoción y su belleza. Las obras geniales saltan por encima del tiempo para ajustarse a lo permanente del alma humana. Pero nos preguntan ¿Cuál de estas dos se ajusta a la versión original, la “auténtica”? ¿Cuál lo haría más a los ojos y oídos de quien la oye por primera, por única vez? Y todo este rodeo, para darme cuenta de que cuando escucho a Bach mi goce y mi disfrute llega por un hilo tan fuerte entre él y yo que no tiene en cuenta que no sé una palabra de alemán ni de música ni de la matemática que la hace portentosa, y que solo mis oídos -confieso que a veces con ese kareol.es al que tanto debemos-, mi imaginación y un corazón en el pecho, me bastan para trasladarme con él al cielo o al infierno. Pero se me hacen nudos en ese hilo cuando la obra la adereza la imaginación de otro con sus propias imágenes concretas en vez de reproducirla de la forma más fiel. Si esa “adaptación” me gusta no hablo de ella como obra de Bach sino de ese otro que la adapta. Y Neumeier quizás sea genial, como seguramente veremos dentro de 300 años, pero yo venía a escuchar a Bach. Pensándolo así pongo mi equis a la versión de Koopman que, más transparente, no se interpone tanto entre Bach y yo. Y agradezco la ocasión de estos intensos días pasados en su compañía e inmerso en su música. Y, ya puestos, diré además que creo que sí que consiguió su objetivo: Dios sigue siendo con él debidamente glorificado.
SDG
_____________
_______
Fuentes consultadas
Gardiner, John Eliot. La música en el castillo del cielo. Un retrato de Johann Sebastian Bach. Barcelona 2015. Acantilado.
La pequeña crónica de Ana Magdalena Bach. Barcelona 1998. Editorial Juventud.
Nadal, Santiago. J. S. Bach y F. Mendelssohn (1/2) La pasión según San Mateo. Accesible on line (12/11/2022) en https://blogdesantiagonadal.wordpress.com/2022/02/13/j-s-bach-y-f-mendelssohn-1-la-pasion-segun-san-mateo/
Radcliffe, Philip. The master musicians. Mendelssohn. Londres 1990 J. M. Dent & Sons Ltd
Smith Rockstro, William. Mendelssohn. Francis Hueffer’s ‘Great Musicians’ series. 1884. Cambridge Library collection. Accesible on line en la biblioteca UVA.
Wolf, Christoph. Johann Sebastian Bach el músico sabio. Barcelona 2008 Robinbook SL
Y más red y Wikipedia en cada duda.

Comments
Post a Comment